Una semana en la Selva Negra y Alsacia – Días 5-8

Día 5 – Triberg, Gutach y Gengenbach:

Triberg me pareció bonito pero demasiado turístico. Es un pueblo bastante pequeño y no se puede decir que tenga un centro que visitar, está todo más bien desperdigado.

El acceso a las cataratas de Triberg, que son bastante famosas, es desde el pueblo, y es de pago. Como la experiencia del día anterior con las cataratas no había sido muy allá, tampoco fuimos a ver estas.

Poco antes de llegar a Triberg está el reloj de cuco más grande del mundo. Curioso, sin más.

De ahí fuimos a Gutach, al tobogán de verano. Muy chulo, nos gustó mucho a todos, adultos, adolescentes y niños. Hay una pequeña cafetería (a tope de gente) y zonas verdes donde se puede comer, además de un parque muy chulo. Comimos unos bocatas por allí cerca.

Había bastante cola para el trineo, pero era rápida. Era barato, unos 4 euros los adultos y algo menos los niños.

Nuestra última parada del día fue Gengenbach, pueblo típico de la Selva Negra. Es muy bonito y está muy cuidado. Allí, por fin, probamos la tarta selva negra.

Esa noche, cenamos en Bühl, en un restaurante tailandés. Muy bien, para repetir.

Día 6 – Eguisheim, Colmar y Riquewhir:

Ya que nos pillaba cerca, apenas a una hora de coche, optamos por ver también un poco de Alsacia. Como ya dije en la entrada sobre la organización del viaje, conducir por Francia es mucho más estresante que hacerlo por Alemania. Pero bueno, todo bien y sin incidentes.

Fuimos directos a Eguisheim, llegamos más o menos pronto, aparcamos sin problema (había leído que, en según qué momentos, podía ser complicado) y vimos el pueblo con mucha tranquilidad y poca gente. Muy cuqui y cuidado. Desde luego, en Navidad tiene que ser precioso.

Para comer, compramos una quiche de pato y paté en una tiendecita de la plaza principal y nos la comimos en un parque. Jo, qué cosa más rica.

A continuación fuimos a Colmar. Llegamos cansados y hacía muchísimo calor, así que optamos por subir al tren turístico. ¡Qué bonito es Colmar! Me encantó. Tiene mucho turismo, por supuesto, pero también se ve una ciudad «normal», en la que la gente vive, pasea…

De vuelta a casa, paramos en Riquewhir. El pueblo está en un entorno espectacular, rodeado de viñedos, y está muy cuidado. Ahora bien, me pareció ya demasiado turístico. Llegamos a eso de las seis de la tarde y aún estaba lleno de gente, no me quiero imaginar cómo estará en Navidad 😉

Día 7 – Estrasburgo:

R. y yo estuvimos de viaje en Estrasburgo hace 30 años, con el instituto (muy fuerte cómo pasa el tiempo). De hecho, ahí fue cuando nos hicimos amigas. Claro, volver a Estrasburgo siempre mola.

Tras visitar la catedral por dentro, optamos por dar un paseo en barco por los canales. Error. Hacía muchísimo calor, el barco era descubierto y pegaba el sol de pleno y la ruta fue leeeeeenta y la narración de la audioguía, deslavazada. El paseo en barco, que se suponía que debía darnos una perspectiva de la ciudad cómoda y sin cansarnos, nos dejó a todos agotados. Poco recomendable hacerla a las doce de la mañana un día de calor 😉

La parte buena del paseo es que vimos, aunque fuera de pasada, el edificio del Parlamento Europeo, que nos hacía ilusión.

Comimos en Le Meteor. No fue barato (tampoco especialmente caro), pero fueron muy amables, había sitio para todos los que éramos, nos sirvieron rápido y con bebidas fresquitas. Así que en resumen, bien.

Después de comer, le echamos valor y subimos a lo alto de la catedral. 330 escalones como 330 soles, jajjaja. Es cansado, porque solo hay una zona para parar cuando llevas unos 80 escalones, así que el grueso de la subida la tienes que hacer casi del tirón. Es una escalera de caracol más bien estrecha, de modo que, si viene gente detrás, no hay mucho sitio para pararte. Pero cuando llegas arriba, la vista merece la pena. Y el superar el reto, claro.

Día 8 – Lago Mummelsee y vuelta a casa:

Como teníamos tiempo antes de que saliera nuestro vuelo, el último día fuimos a ver el lago Mummelsee, que estaba cerca de casa y nos pillaba casi de camino al aeropuerto.

Es un lago chiquitito, hay un camino que lo rodea y no se tarda más de 15 minutos. Hay también una cafetería y se pueden alquilar hidropedales. Los niños se entretuvieron un buen rato.

Y así se acaba nuestro viaje del verano.

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